dedos, sintieron su aliento en el pecho, acariciaron la suavidad de su cabello. El miedo, antes tan intenso, retrocedió, oculto por la silenciosa y abrumadora realidad de su existencia.A medida que se difundía la noticia, la gente acudía no para interpretar presagios, sino para compartir una carga. Llegaban con comida, ofreciéndose a cuidar a sus hijos mayores, con pequeños sobres cuidadosamente doblados. Algunos que antes repetían
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