—Le supliqué que no te lo contara —admitió Nathan.
—Él es el adulto. Debería haber sabido que eso estaba mal.
—¿Por qué no me lo preguntaste? —le pregunté.
—Porque me habrías dicho que no.
—No puedes saberlo.
—Mamá, ni siquiera quieres pasar por la calle donde vive el abuelo.
Iba a responder, pero él continuó.
—El mes pasado te pregunté cómo era papá cuando tenía mi edad. Me dijiste que sacara la basura.
Recordé aquel momento.
—Siempre estás ocupada cuando te pregunto por papá —dijo en voz baja.
Me senté frente a él.
—El próximo fin de semana te quedarás en casa. Nada de dormir en casa de amigos hasta que recuperemos la confianza.
Asintió.
—Y mañana voy a casa de tu abuelo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿De verdad vas a ir?
—Sí. Quiero ver lo que habéis estado haciendo.