Mi padre me sujetaba con fuerza. Había una sonrisa en mi rostro, pero mis ojos estaban llenos de lágrimas.
En la parte de atrás alguien había escrito:
«Hoy Sarah por fin lo soportó sin llorar».
Entonces encontré una segunda fotografía.
En ella aparecía mi madre a la misma edad, entre los brazos de su propio padre.
En el reverso estaba escrita exactamente la misma frase, con la letra de mi abuela.
En aquel instante lo comprendí todo.
Mi madre había pasado toda su vida creyendo que aquella dolorosa tradición que sufrió durante su infancia era una expresión de amor.
Y ahora se la estaba transmitiendo a mis hijas.
«Mamá, ¿tenías miedo de ese juego cuando eras pequeña?»
Permaneció callada durante mucho tiempo.
«Sí. Pero mi madre me decía que, si lloraba, mi padre se sentiría decepcionado conmigo».